viernes, 9 de octubre de 2015

EL JUICIO CONTRA DIOS, LA HISTORIA DEL CAMARADA VOINOV



Por Uriel González :: @urielgonzalez

Anatoli Vasílievich Lunacharski fue un revolucionario soviético originario de una familia judío-ucraniana del entonces inmenso y despótico Imperio Ruso; Dentro de los rudos dirigentes bolcheviques en muchos sentidos Lunacharski - llamado Voinov por sus camaradas - era una excepción, ya que además del trabajo de agitación política y sus viajes por Italia, Suiza y Alemania, escribió numerosas obras de teatro y poesía, formo parte por un breve periodo de los Mezhraiontsy, una pequeña facción centrista en la pugna entre Bolcheviques y Mencheviques del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia y defendió públicamente la necesidad de presentar ante las empobrecidas masas rusas al marxismo en términos de redención religiosa, lo que frente al dogma del “opio del pueblo” le dio fama como un experimentado polemista en el partido.

Con el triunfo de la revolución fue nombrado Comisario del Pueblo para la Educación de la Unión Soviética, con lo que Voinov gano ahora fama de gran vanguardista cultural y pésimo administrador estatal, en su primer año a cargo de la educación revolucionaria convocaría a uno de los espectáculos más extraños de los duros primeros tiempos de la revolución: El juicio a dios.

En la madrugada de un frío día de enero en Moscú la multitud se reunió en la plaza donde estaba montado un escenario con la tribuna del jurado, y los lugares para abogados y jueces del tribunal del pueblo; En el banquillo de los acusados se puso una biblia, y durante más de cinco horas se enumeraron los crímenes contra la humanidad y genocidios que dios había perpetrado a lo largo de la historia, además de los alegatos de la defensa soviética, los que acordaron apelar a la “demencia” del acusado para eximirlo de los cargos.

¿El veredicto?: Culpable.
La condena seria la muerte.

Durante el juicio se dejó en claro que por la cantidad de crímenes imputados a dios no existía posibilidad de apelaciones u otras instancias, así que el día siguiente, el 17 de enero de 1918, a las seis y media de la mañana los moscovitas despertaron con el sonido de cinco ráfagas de ametralladoras hacia el cielo que un pelotón de fusilamiento del Ejército Rojo disparó para hacer cumplir la condena.


Dentro del partido Bolchevique se vio con extrañeza esta especie de manifestación artística y surgió un debate filosófico: El Camarada Voinov al juzgar a dios, ¿no está al final reconociendo su existencia? y practico, ya que en medio de la horrible guerra civil rusa se consideró de mal gusto invertir tiempo y recursos en algo tan extravagante como un juicio a dios, discusiones donde Lunacharski se defendió enérgicamente, ya que al final, ¿No fue Engels quien dijo que negar que hay contradicciones en la naturaleza seria mantener una posición metafísica?.

La muerte de Lenin así como el advenimiento del estalinismo harían que estas discusiones quedaran en el pasado, y así Voinov fue primero desplazado del comisariado de educación, y en pocos años se eliminó cualquier rastro de vanguardia cultural.

Hoy, casi cien años después del juicio no podemos saber si dios existe o es culpable de algo, pero al menos si existe, con Voinov fue compasivo: Fue designado por Stalin como embajador ante la Sociedad de Naciones y luego en la España Republicana, misión a la cual acudía cuando murió en Francia, por causas naturales, al día siguiente de la navidad de 1933.

Anatoli Voinov Lunacharski no vería las purgas que eliminarían a todos sus camaradas de la revolución de octubre y muy quizás ahora no puede o no quiere ver desde el cielo, infierno, o ningún lugar, como se reconstruyeron las iglesias rusas donde hoy Putin, un duro ex agente de la KGB, enciende velas para pedir por las almas de los que mueren en una guerra contra Ucrania.


BIBLIOGRAFIA

Lain Jesus, Mao's Desde Santurce a Bizancio: El poder nacionalizador de las palabras, Madrid, 2011.


Galeano, Eduardo, Los hijos de los días, Madrid, 2012.


miércoles, 16 de septiembre de 2015

TOLERANCIA CERO Y EL FIN DE UNA ÉPOCA


Por Uriel González :: @urielgonzalez

El pasado domingo termino luego de 15 años la emisión de Tolerancia Cero.

Para un niño que sentía cierto interés en la política a fines de los 90s la oferta en general era escasa y pasaba principalmente por algunos diarios muy sesgados y conversaciones de adultos, todo esto con el fondo tan inolvidable como angustiante de las elecciones de 1999 y los torpes pasos que mi generación dio en la pubertad, los primeros celulares y la masificación de internet.

Escribo lo anterior sin ninguna nostalgia y solo para decir que es en este contexto que Tolerancia Cero aparece los domingos en la mañana, acompañándome desde entonces salvo breves tentaciones como lo fueron algunas temporadas de Los 80s en Canal 13, la etapa mechona de la universidad,  ver películas, o mantener la tele apagada.

Mientras somos cada vez más adultos  las noches del domingo se van convirtiendo en un espacio desagradable, mas allá de los clichés sobre el calendario (la mayoría de los fines de semana no son tan espectaculares así como la semana  finalmente nunca es tan horrible) si mucha gente emprende rutinas personales de “preparación” de la semana que son tan intimas como intrascendentes. Durante estos últimos años el ritual sagrado de planchar cinco camisas para cada día de la semana viendo Tolerancia Cero fue una de las constantes cotidianas más permanentes en mi vida, se de gente que los veía o escuchaba mientras tomaba baños de tina, cocinaban, disfrutaban del breve momento de alivio y agotamiento después de hacer dormir a los hijos o algún otro episodio del mínimo espacio cotidiano que muchos compartimos domingo a domingo entre diatribas y resoplidos de Villegas, los lugares comunes de Matias Del Rio o las inteligentes pero larguísimas disquisiciones y preguntas de Fernando Paulsen.

Para el que ha sido fiel al programa este guardo muchos momentos memorables, recuerdo por ejemplo a Aldo Schiappacasse comentando el golpe de estado del ya lejano 2002 en Venezuela, los deseos primero inconfesos, luego revelados -y exitosos- de Alejandro Guillier por llegar al senado, los análisis exagerados de Sergio Melnick, así como la evolución hacia episodios más íntimos y reveladores como lo fueron los testimonios de James Hamilton y Pablo Simonetti, la increpación por su registro electoral a Pablo Longueira seguida de las sentidas disculpas de Paulsen, la riña entre Daniel Jadue y Villegas,  las tiras de Mala Imagen sobre el programa todos los lunes, muchos códigos, risas, rabias y peleas que la política chilena en su aburrida cotidianidad y breves polémicas ha mantenido siendo Tolerancia Cero una de sus vitrinas más interesantes.

¿Qué cambio en Chile estos últimos quince años? Son tantas cosas y probablemente tan evidentes que una enumeración no es necesaria, hasta ahora me basto con ver el último programa con las despedidas de los panelistas, seguidos de un comercial de jeans donde Fernando Villegas volvía a aparecer para murmurar:

“No hay censura”

Ya está, fueron buenos tiempos, hasta siempre Tolerancia Cero.

viernes, 28 de agosto de 2015